LA CULTURA MATRÍSTICA Y EL CAMINO DE LA DIOSA

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Las mujeres que elegimos seguir el camino lo la Diosa, lo hacemos cómo un medio de sanarnos a nosotras mismas y poder  compartir esa sanación con el mundo.

Ofrecemos herramientas a las mujeres que sienten la llamada para que se conecten con su verdad y puedan sentir las amorosas energías del principio femenino.

Hay una herida en el útero y en el corazón de la mujer que pide ser sanada, es una herida antigua, hecha a base de vivir en una sociedad que no entiende y en ocasiones denigra nuestro papel y funciones características. Es verdad que la libertad de ser y actuar proviene del interior, pero cuando esa fuerza al salir, encuentra obstáculos en lugar de cauce, cuando no tenemos el espacio y la plataforma para expresar libremente nuestra verdad esencial -que parte del hecho de vivir en un cuerpo de mujer-, nos tachan de radicales, nos volvemos sumisas o nos aliamos con el patriarcado funcionando bajo sus leyes sin cuestionar si son acordes con nuestras necesidades.

No existen solo esas opciones, aunque a grandes rasgos es lo que normalmente ocurre.

Las que elegimos rebelarnos ( no en contra del Padre sino a favor de la Madre, hablando en términos simbólicos y arquetípicos), seguimos normalmente este proceso; primero empezamos a vislumbrar la falacia y falocracia que nos mantiene dormidas, cuando cobramos suficiente conciencia de ello, acompañado muchas veces de cierta rabia y frustración, cuando nos damos cuenta que todo está estructurado bajo los preceptos de la Espada – y no del Cáliz-, el siguiente paso es crear realidades, espacios psíquicos y físicos, (grandes o pequeños, de corta o larga duración) donde prevalece la manera femenina de hacer las cosas. Donde por el simple hecho de ser mujeres entre mujeres, (hermanas y no rivales) nos estamos sanando.

Esto es difícil de entender para la mayoría de los hombres y para no pocas mujeres, es algo que cuando experimentas reconoces y estamos hablando de algo que debe ser EXPERIMENTADO e identificado, en mayor o menor medida. No se puede explicar con palabras, aunque lo intentemos y no se puede entender si no se vive.

Algunos hombres se sienten amenazados con esta “separación” o incluso se sienten rechazados por esos espacios propios solo para mujeres. Algunas mujeres, no habiendo vivido la posibilidad de hermanamiento lo anhelan o lo alejan.

En realidad, no estamos pidiendo permiso para ello, tampoco aprobación, necesitamos vivir la energía de esos espacios, sanarnos con ella y recrear nuestra propia Tradición y Realidad. Si los demás lo entienden o no, es algo a lo que no aspiramos cuando hacemos un Círculo de mujeres, no nos ponemos por encima de nadie al hacerlo y no pretendemos ofender a nadie. Solo estamos intentando restaurar un equilibrio perdido.

A lo mejor no es la mejor manera (estamos probando), a lo mejor es solo un paso (eso lo veremos), lo que si estamos haciendo es dar posibilidad a una realidad que nos renueva y reconforta.

Podemos llamarlo Diosa, Principio Femenino Manifiesto, Energía femenina…o no llamarlo de ninguna manera.

Hablar de si la Diosa esta dentro o fuera, es un tema que ancestralmente ha preocupado a toda la humanidad, ¿en realidad puede estar separado? Yo no lo creo.

Vamos en busca de nuestra Diosa interior, porque sabemos que recorrernos a nosotras mismas es recorrer la Divinidad, y que conocer y reconectar con los ciclos de la Madre Tierra, es comprender nuestros propios ritmos vitales.

Elegimos llamarla Diosa, porque afirmamos ese aspecto de la divinidad. No negamos que en el mundo haya un principio masculino, pero recorremos este camino,  como un medio de restaurar la balanza desbalanceada. Como un medio de sanar todas las heridas infligidas al género femenino, como un medio de reconectar con nuestro poder nunca perdido, pero trasladado al fondo de la psique. Buscamos crear una sociedad basada en los principios de “La Madre”, porque no podemos concebir la vida

separada de la espiritualidad, ella en sí misma es espiritual. Creemos que la vida nos ama como a sus hijos y así debería reflejarse en nuestras relaciones, (familiares, comunitarias, nacionales e internacionales) Vivimos a la muerte como una fiel consejera, que al final del viaje nos recoge en su vientre.

La muerte es el regreso a la fuente que es la Abuela del Tiempo.

Las mujeres -madres o no-, encarnan normalmente esta forma de actuar. Encarnar estos principios con tu hijo biológico es relativamente fácil, todo tu cuerpo y hormonas te predisponen para ello. Ese instinto de protección, de entrega, de generosidad, es fácil que se despierte cuando tienes un ser que es tu hijo, a tu cargo y cuidado amoroso. Y aún así, vivimos en una sociedad que no lo facilita en absoluto.

Creo que el desafío que nos manda los tiempos que vivimos, no es solo parir y criar con respeto y comprensión a nuestros hijos, (aunque esto sea vital, imprescindible) sino aspirar a entregar ese amor incondicional, ampliado a la forma en la que configuramos nuestras relaciones.

No significa convertirnos en abnegadas cuidadoras de todos los que nos rodean, no significa desconectarnos de nuestras propias necesidades, significa elegir de entre todas las opciones posibles, la más empática y amorosa para todos.

Esta para mi es la verdadera  JUSTICIA.

¿Os imagináis una madre que prefiera a alguno de sus hijos? ¿Os imagináis a una madre que quiera la facilidad, la riqueza, la felicidad para unos y la pobreza, desdicha y dificultad para otros?

Soñamos un mundo en el que todos somos iguales y únicos. En el que todos somos igual de importantes. Valiosos, valiosísimos para la gran madre… ¿cómo iba la madre a preferir?

Más allá; ¿OS IMAGINÁIS UN MUNDO EN PAZ? Parece imposible, impensable, inconcebible.

Bien, ese mundo existió. Existió en un momento histórico, que no enseñan en los colegios ni universidades.

Allí hemos aprendido toda una serie de personajes y acontecimientos, que parecen odas a la violencia, la conquista, la competitividad, el poder y la masacre. Si se enseña todo eso, debería hacerse con la advertencia expresa a los niños, de hechos a no emular. Y deberían enseñarse aún más, los tiempos de la Cultura de la Diosa, donde durante miles de años reinó la paz, como una sociedad a emular.

¿Creéis que la Divinidad castiga, juzga, condena, exige represión del deseo sexual, quiere que veneremos el sufrimiento de Cristo, que paramos con dolor o que vayamos al infierno, sea lo que sea eso?

Nosotras, más bien creemos que la Diosa prefiere nutrirnos, que celebremos la dicha de estar vivos, que veamos la muerte como un regreso a su útero, que disfrutemos del sexo, que hagamos arte en su honor, que paramos a nuestros hijos con un sentido sagrado y que sepamos entresacar la sabiduría de nuestra existencia.

Dicen que Adán y Eva sintieron vergüenza  de sus cuerpos desnudos cuando perdieron la inocencia. Yo siento vergüenza de que hayamos creado un mundo de dominación y sumisión, a través de una imagen de un Dios que condena esto y no condena actos atroces cometidos hacia las mujeres, desde que Dios es hombre y tiene su trono en el cielo.

Soñamos un mundo de solidaridad tribal, de hermandad, donde la disposición circular prevalezca sobre la piramidal, donde se respete y facilite la función de La Madre, como un momento sagrado que constituye la semilla del futuro de la humanidad, soñamos un mundo de colaboración y no de competitividad, soñamos y creemos en la igualdad.

Soñamos un mundo en Paz.

Sofía Gutiérrez.

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